3.7.13

El Panadero




Exactamente a la vuelta de mi casa, su patio, con una casa derruida por donde le crecen enredaderas, centro de manzana, linda con el mío.
Llego a la hora fijada, a las 13, despliego el trípode, saco la cámara de fotos.
-         ¿Acá? – me pregunta Cayetano.
-         Sí, algunas acá y otras en la cuadra. ¿Puede ser?
-         Sí, ahora lo llamo a mi hermano que tiene que comer.
Siento demasiadas similitudes con mi familia: la panadería, la italianeidad, entremezclados, una hija mujer, el cansancio del panadero, un hijo varón al que le va bien y no está ahí, una esposa que llevaba adelante el negocio y muere relativamente joven. Un tío al que no se sabe muy bien lo que le pasa. No saluda, habla poco, esconde la mirada, le gustan los perros grandes, aparece, desaparece. A algunos la vida les cuesta más y se les nota. Siempre.
-         ¿Y Analía?- le pregunto.
-         Está arriba haciendo la comida – y baja la mirada y niega con la cabeza. ¿Qué se le va a hacer?- agrega.
Elvira su mujer murió hace un par de meses. Le dio un accidente cerebrovascular el día antes de salir para las sierras a visitar a su hijo. La vecina que la vio el día antes de morir me contó que le dijo: “Estoy tan cansada que mi cuerpo se arrastra porque sigue a mi alma”.
Cayetano mira a cámara. Disparo.
Caminamos hacia la cuadra.
-         ¿Esos son quinotos? – le pregunto asombrada por el tamaño de los mismos caídos en piso.
-         Sí -me responde. ¿Les gustan en tu casa?.
-            Sí… ¡no!- exclamo. Solamente me gustan a mí, me encantan. Levanto uno del suelo pero estaba pasado, lo dejo, saco uno de la planta y me lo como.
-         Bueno, acá estamos: la cuadra – me dice Cayetano.
Acomodo el trípode, ajusto la luz, la velocidad, hago foco, disparo. Me muevo, miro: el horno con puerta de hierro, el cuarto de calor, las palas, la sobadora, la mesa larga de madera.
-         ¿Y la amasadora?- le pregunto.
-         La vendí el año pasado, estaba acá, ¿ves?. Era muy grande.

La cuadra de la panadería de mi abuelo era mucho más grande -pienso pero no lo digo, lo callo. Mi madre me enseñó que las comparaciones son odiosas. Saco unas fotos más, el olor de la harina, la balanza y Cayetano que posa ante la cámara.
-         ¿Y usted vive de noche?- le pregunto.
-         Sí, vivo al revés.
Salimos a un pasillo amarillo, los canastos de mimbre enormes.
-         Voy a hacer unas fotos acá – le digo.
-         Esperá que saco este canasto que está viejo, ya hay que tirarlo.
Y retira del pasillo un canasto metálico con ruedas de más de un metro de largo. No puedo evitar recordar que cuando éramos chicos, con mi hermano, en la panadería de mi abuelo nos metíamos adentro y nos turnábamos para empujarnos uno cada vez, el juego consistía en ir rápido, largar el canasto y darnos contra una pared.
-         Bueno, ya está - le digo. Hago unas fotos más en el despacho, le saco otras a la vidriera y me voy.
Salgo del pasillo amarillo y miro hacia el fondo el terreno que linda con mi patio. Me dan ganas de ir pero no me atrevo a pedirle. Imagino que Cayetano en la noche o en la madrugada entre horneada y horneada va a ese espacio vacío. Lo imagino solo mirando las estrellas. Quise comprarle ese terreno más de una vez, pero ahora creo que él lo necesita más que yo.
-         Nosotros estamos acá desde que vinimos de Italia – comenta Cayetano.
-         Ah, ¿vinieron de Italia? ¿En qué año?
-         Y en el 49. Ahora el 3 de mayo hicieron 63 años.
-         ¿De dónde eran? – le pregunto.
-         De cerca de Nápoles.
Saco otro quinoto de la planta. Cayetano me invita a ir a buscar  algunos cuando quiera.
-         Cuando yo sé que a alguien le gustan los quinotos le digo que vengan a buscarse. Mirá lo que es la planta, está llena, se caen.
-         Mi mamá hace quinotos en almíbar -le digo.
-         Sí, ella también me hacía- dice Cayetano evitando nombrar a su mujer. ¿Qué se le va a hacer?- repite.
Su hermano lo llama. Saco unas fotos más. Agradezco. Le digo que cuando revele le llevo las fotos.
-         Bueno -me dice Cayetano y agrega: “Para ver nomás”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

excelente amiga! :)